Sucede en ocasiones que no basta con mirar por la ventana del auto y observar el paisaje, los transeúntes y los demás automóviles. No es suficiente con tener los audífonos con tu melodía favorita.
Fue en un 2004 si no mal recuerdo cuando pude oler el aroma del automóvil recién salido de la Agencia, sentir el forro de los asientos y el delgado hule que los cubría, aquel azul rey con el que deslumbraba bajo el sol, sus llantas tan elegantes y el símbolo de Volkswagen que iba abriendo paso entre la calle. Recuerdo también la compra de un helado, que en un frenón, se impactó contra el respaldo del asiento del copiloto, aquella mancha fue la primera en él, originada por mí, sólo me limité a disimular que no había ocurrido nada.
Cada viaje realizado, cuando padre nos llevaba a la escuela, cuando fuimos al cine. ¡Los estrenos de tantas películas esperadas! Viajes de casualidad, paseos dominicales, compras inesperadas. ¡Cuántas visitas no hicimos a la familia! Detrás de cada vuelta de rueda había una historia que contar, desde los chistes contados en su interior hasta los accidentes repentinos. Aquel automóvil era parte de la familia.
Nuestros viajes al mercado, donde atiborrábamos la cajuela de verduras y productos básicos. La rutina de cada domingo, donde íbamos por el periódico y después a comprar el mandado. Ya no existe.
Después de avanzar por siete años tantos kilómetros, recorrer los mismos caminos con diferente estado de ánimo, aquel automóvil se fue. ¿La razón? Comenzó a enfermar gravemente, tosía con frecuencia y se quejaba muy a menudo, incluso se puso descolorido, a pesar de todos los esfuerzos no fue suficiente. Quizá recuperó el color y sus gemidos eran más leves, pero ya no era el mismo pequeño, le dolía estar así con nosotros, tuvo que irse, por él y por nosotros.
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